La mano del ventrílocuo
Sé el cambio que quieras ver en el mundo. Mohandas Gandhi
26/05/12
14/05/12
No nos representan
07/04/12
Abracadabra
Pienso que la clave del capitalismo es la misma que la de la magia: crear una ilusión ocultando el truco. El capitalismo, como la magia, está lleno de dobles fondos, trampillas, pequeños pájaros sacrificados, innumerables trucos que invisibilizan los costes y consecuencias de su funcionamiento, y hacen creer que lo imposible es posible. Y aunque todos sabemos que hay truco, no queremos conocerlo.
Quién ha abandonado ese monitor cree en la magia: el monitor apareció un día por arte de magia en una tienda, y desaparecerá por arte de magia del cuarto de la basura. Sin más, sin otra consecuencia.
Y un segundo pensamiento: hasta no hace mucho, viejo era sinónimo de inútil. Ya no. Ahora viejo es sinónimo de pasado de moda. Mundo raro este en que lo útil ya no tiene valor.
06/04/12
El que la hace la paga
El que la hace la paga. Tienes que ser responsable y hacerte cargo de las consecuencias. Los responsables pagarán por ello.
Del hablar común hay que desconfiar porque nos acerca a la verdad por un estrecho camino. Dejando de lado esta objeción –no menor-, queda esa verdad a la que el hablar se refiere: en lo que nos ocupa, que la justicia no es otra cosa sino la reparación de una deuda. La ley, así las cosas, no es más que el acuerdo sobre fijación de precios vigente en cada momento para saldar esa deuda, un acuerdo hasta cierto punto arbitrario, convenido y pactado, cambiante, sujeto a modas. Pero la variabilidad histórica en el acuerdo no hace menos cierta la verdad anterior: la justicia no es sino la reparación de una deuda.
Vivimos en un mundo que hace tiempo abandonó cualquier ideal de justicia a favor de formas más o menos disimuladas de rapiña. Sin embargo, quizás por una cuestión de formas (o sea, de hipocresía), nuestro hablar sigue hablando de ella. Así, los ególatras, narcisistas y psicópatas que suelen dirigir las instituciones empresariales, financieras o estatales que nos conducen derechitos al desastre, hablan de las “responsabilidades del cargo”, o sea, de la deuda que tenemos con ellos. Han conseguido convencernos de que dirigir lo que sea en beneficio propio nos hace al resto deudores hasta un extremo tal, que cualquier remuneración monetaria está justificada para saldar esa deuda.
Se trata del único caso en que responsabilidad y acreedor de la deuda coinciden en el mismo sujeto. O sea, que aquí el responsable cobra en lugar de pagar. Lo asombroso es que la cosa cuela, lo que dice muy poco del resto de nosotros.
Algunas objeciones: la responsabilidad no es un atributo de la posición -el padre, el jefe-, sino la consecuencia de un acto previo. Y si la responsabilidad es la consecuencia de un acto, ¿hemos de entender acaso, que estamos pagando por adelantado a unas personas por las consecuencias que sobre esas mismas personas tendrán los errores que cometan en el futuro? Basta con mirar alrededor para ver que esto no es así: en el pago por la responsabilidad hay pago, pero no hay responsabilidad. Se cometen errores, claro, pero somos el resto los que pagamos, mientras los responsables se desentienden, e incluso, en un último acto de cinismo, nos devuelven la responsabilidad al resto -jefes culpando a los empleados de los malos resultados, banqueros culpando a los ciudadanos por endeudarse, políticos hablando de un vivir por encima de no sé qué posibilidades, entrenadores culpando a los jugadores, y podríamos seguir-. Visto que no era responsabilidad lo que estábamos pagando, ¿qué era entonces?
Hay una alternativa a esta forma de hacer las cosas. Se trata de una alternativa mucho más difícil, pero también más justa y verdadera: desconfiar de los farsantes que acarrean “la pesada carga de la responsabilidad”. No delegar y distribuirnos esa carga colectivamente. Hay una razón poderosa para ello: es mucho más fácil ser injusto con los demás que serlo con uno mismo.
29/03/12
Tres apuntes sobre la huelga
Otra oyente dice: "a pesar de que soy universitaria, tengo un empleo precario".
Un grupo de ciclistas corta la M-30. La policía, deja hacer y se limita a hacer gestos a los automovilistas para que se tranquilicen.
17/03/12
13/03/12
El gran juego
El negocio y su lenguaje lo invaden todo. Esa forma de ser y de estar va imponiéndose en todos los ámbitos de la vida, desde la política a la pareja, desde el colegio al hospital, desde el agua a la semilla. Es difícil encontrar una respuesta peor a las necesidades humanas, y una práctica más hostil hacia la lógica de la vida, lo que hace difícil de comprender el éxito que ha alcanzado. La soberbia, el cinismo, el narcisismo, la avaricia, la pereza, los pecados en fin, han sido los sospechosos habituales a los que atribuir su empuje y el éxito de su carrera delictiva. Sin dejar de ser cierta, esta explicación es insuficiente. Entonces, ¿qué atrae a tantos hacia algo tan destructor y tan nihilista?
Antes de nada, convengamos en que, en general, la vida en el mundo es dura, precaria, difícil, y que el mundo rara vez nos da lo que anhelamos (salvo que uno haya educado la atención, también es cierto). No es que el mundo sea hostil, es que sencillamente es indiferente hacia nosotros.
Hace veinte años, Mihaly Csikszentmihalyi publicó Fluir, un texto en el que definía el concepto de flujo como ese sentimiento profundo de disfrute que hace que las personas gasten gran cantidad de energía en una actividad. Csikszentmihalyi identifica ocho componentes básicos para que ese disfrute ocurra:
- La experiencia sucede cuando tenemos una oportunidad de lograr la tarea (1).
- Debemos ser capaces de concentrarnos en lo que hacemos (2).
- La tarea tiene unas metas claras (3), y una retroalimentación inmediata (4).
- Uno actúa sin esfuerzo, con una profunda involucración que aleja de la conciencia las preocupaciones y frustraciones de la vida cotidiana (5).
- Las experiencias agradables permiten a la personas ejercer un sentimiento de control sobre sus acciones (6).
- Desaparece la preocupación por la personalidad (7)
- El sentido de la duración se altera (8).
El autor añade que una proporción abrumadora de experiencias óptimas ocurre dentro de secuencias de actividades que se hallan dirigidas hacia una meta y reguladas por normas. Lo interesante del asunto es que Csikszentmihalyi identifica unas condiciones que carecen por completo de cualquier connotación moral. La condición de flujo puede alcanzarse realizando actividades moralmente buenas, o moralmente repugnantes.
A la vista de la teoría de Csikszentmihalyi, no es difícil ver que la naturaleza de los negocios hace de ellos un territorio tan bueno para originar experiencias de flujo como el ajedrez o la cocina. Que además de eso ratifique los delirios narcisistas, exija unas buenas dosis de cinismo, proporcione innumerables estrategias de compensación de complejos y, además, proporcione ese bono convertible en casi cualquier cosa que es el dinero, no hace sino añadir razones para el éxito. Que sea un éxito inmoral y nihilista es otro asunto, pero desde la perspectiva de Csikszentmihalyi, un asunto tan disparatado como una sociedad sustentada en los negocios, tiene sentido (aunque sea una sociedad delirante).
Pero hay un problema: una inmensa proporción de los jugadores (los trabajadores, los pobres, los explotados, los que se hacen cargo de las consecuencias), se niegan a participar. Participamos obligados, sí, pero sin creernos las reglas, cuestionándolas. Y eso resta disfrute a los que han hecho de este juego su forma de vida. Hasta ahora les había bastado con explotarnos, pero ahora todos esos jefes entregados “necesitan” que nosotros nos creamos el papel que representamos para poder creerse ellos mismos el suyo, como aquel rey desnudo… y es entonces cuando alguien se acuerda del compromiso.
Hace poco oía a un jefe clasificar a los empleados en dos grupos: los que “solo hacen su trabajo” y los que “se comprometen”. Hay una primera lectura de esta división: uno siempre puede demostrar que ha hecho su trabajo (y esto es una sólida línea de defensa). ¿Pero el compromiso? ¿Cuándo demuestra uno suficiente compromiso? Como le sucede a las mujeres maltratadas, uno nunca está a la altura (lo que nos deja a merced de los caprichos arbitrarios del maltratador): “no me quieres suficiente” dice él, “¿qué puedo hacer para arreglarlo?”, responde ella. No importa cuánto se haga, porque nunca es suficiente. Ese es el lugar en el que nos quieren: siempre por debajo de lo que se espera; siempre obligados a esforzarnos un poco más. Así es como hay que entender el compromiso: como un chantaje.
Pero hay una segunda lectura, más interesante quizás: el trabajador que “solo hace su trabajo” niega al trabajo cualquier otro valor que no sea el de un medio (bastante indeseable, por otro lado) para alcanzar los verdaderos fines que desea, siempre localizados fuera del negocio. Esta visión es un grito al oído del rey: “!estás desnudo!”. Sin embargo, al conseguir su compromiso, al convencer al incauto de que sus objetivos personales son los de la empresa, ya no hay voces molestas que hablen de un mundo más allá de ese que proporciona tanto placer, tanto disfrute a unos pocos (a costa de todos los demás, y de todo lo demás). Al comprometer a los peones, el rey hace del tablero el único mundo verdadero. La fantasía se impone sobre la realidad, como la única realidad.
Por supuesto, como todo en este juego, se trata de un compromiso falso, al servicio, de nuevo, del narcisismo, o de cualquier otro complejo cuya curación requiera algún esfuerzo. Ahora bien, al comprometerse con unos objetivos personales que no lo son, lo que se hace es dificultar la comprensión del conflicto. El trabajador que “solo hace su trabajo” comprende que el conflicto se establece entre el trabajo y todo lo que el trabajo impide (vivir, sin ir más lejos). El trabajador “comprometido” tampoco vive, pero es su compromiso el que le impide comprender: siempre ve en la organización defectuosa, el jefe incapaz o los compañeros perezosos, el origen de la dificultad en realizar sus objetivos. Como se equivoca al identificar el conflicto, su frustración no tiene fin. Le han robado hasta la posibilidad de soñar un propósito significativo para su propia vida.
Nos reiríamos de cualquier actor que afirmase ser el verdadero Hamlet, y sin embargo, somos incapaces de ver el público que atiende, asombrado, a esta obra delirante en que hemos convertido el mundo. Ninguna locura ha impedido, hasta el día de hoy, que llegado el momento el telón caiga.
25/02/12
Desarrollo a escala humana
¿Y qué pasará en el futuro? Con respecto a este tema, me gustaría compartir con ustedes la idea de un buen amigo mío, el distinguido ecólogo argentino Dr. Gilberto Gallopin, que ha propuesto tres posibles versiones del futuro.
La primera es la posibilidad de la extinción total o parcial de la especia humana. la forma más obvia de que esto ocurra es a través de un holocausto nuclear, el cual, según sabemos, se basa en el principio de la Destrucción Mutua Asegurada. Pero además del holocausto nuclear, hay una serie de procesos actuales que pueden causar dicha situación: el deterioro del medio ambiente, la destrución de los bosques, la destrucción de la diversidad genética, la polución de los mares, lagos y ríos, la lluvia ácida, el efecto invernadero, la reducción de la capa de ozono, y otros.
La segunda posibilidad es la barbarización del mundo. Algunas características serían el surgimiento de burbujas de enorme riqueza, rodeadas de barricadas o fortalezas para proteger esa riqueza de los inmensos territorios de pobreza y miseria que se extienden más allá de las barricadas. Es interesante destacar que esta versión aparece cada vez más en la literatura de ciencia ficción de la última década. Es como la atmósfera de Mad Max, tan brillantemente descrita por los australianos en este film. Muchos de estos síntomas ya se encuentran en algunas actitudes mentales y en la existencia real de áreas aisladas para los muy ricos, que no quieren contaminarse visual, auditiva o físicamente con la pobreza. Un componente de esta versión será el resurgimiento de regímenes represivos, que cooperarán con las élites ricas e impondrán condiciones de vida cada vez peores para los pobres.
La tercera versión presenta la posibilidad de una gran transición –el pasaje de una racionalidad dominante de competencia económica ciega y de codicia, a una racionalidad basada en los principios de la solidaridad y el compartir-. Podríamos llamarlo el pasaje de una Destrucción Mutua Asegurada a una Solidaridad Mutua Asegurada. La pregunta es si podemos hacerlo. ¿Tenemos las herramientas, la voluntad y el talento para construir una Solidaridad Mutua Asegurada? ¿Podemos vencer la estupidez que hace que posibilidades como esa queden fuera de nuestro alcance? Creo que sí podemos, y que tenemos la capacidad. Pero no nos queda mucho tiempo.
Queremos cambiar el mundo, pero nos enfrentamos a una gran paradoja. En esta etapa de mi vida, he llegado a la conclusión de que no soy capaz de cambiar el mundo, ni siquiera una parte de él. Solo tengo el poder de cambiarme a mí mismo. Y lo fascinante es que si decido cambiarme a mí mismo, no hay fuerza policial en el mundo que pueda impedirme hacerlo. La decisión depende de mí, y si quisiera hacerlo, puedo hacerlo. Pero el punto fascinante es que si yo cambio, puede ocurrir algo en consecuencia que conduzca a un cambio en el mundo. Pero tenemos miedo a cambiar. Siempre es más fácil intentar cambiar a los otros. La enseñanza de Sócrates fue: “conócete a ti mismo”, porque sabía que los seres humanos tienen miedo a conocerse. Sabemos mucho de nuestros vecinos, pero muy poco sobre nosotros mismos. Entonces, si simplemente pudiéramos cambiar nosotros mismos podría darse la posibilidad de que algo fascinante pueda suceder en el mundo.
Espero que llegue el día en que cada uno de nosotros sea lo suficientemente valiente para poder decir, con toda honestidad: “soy, y porque soy, me volví parte de…”. Me parece que este es el camino correcto a seguir si queremos poner fin a una manera estúpida de vivir.
Desarrollo a escala humana.
Manfred Max-Neef
17/02/12
David Icke
David Icke
11/02/12
Acceso no autorizado
Acceso no autorizado, Belén Gopegui.